La perspectiva de género se trata de una visión que nos permite poder observar el mundo y las interacciones humanas a través de un filtro, una especie de “lentes” que nos dejan ver los diversos adoctrinamientos que hemos recibido en razón de nuestra condición de ser hombres o mujeres.
A partir de estas diferencias recibimos, aceptamos y reproducimos creencias, juicios y comportamientos que hemos considerado inherentes a nosotros, solo por ser hombres, mujeres o identificarnos con algún género no binario (todos aquellos que no se nombran como hombre o mujer).
Existe la confusión de que sexo y género son lo mismo, sin embargo el sexo solo define las diferencias físicas que se basan en nuestros genitales, por tanto se han reconocido solo dos sexos: masculino para quienes tienen pene y testículos, y femenino para quienes tienen vagina, ovarios y matriz. El género por su parte es una construcción social, es decir, es una valoración que las sociedades han asignado a cada persona dependiendo de su sexo.
A partir de estas diferencias hay la creencia errónea de que existen una serie de rasgos y atributos exclusivos y específicos para cada sexo: los hombres son bruscos, enojones, valientes, poco expresivos, protectores, etc., las mujeres son sensibles, tiernas, delicadas, amorosas, serviciales, celosas, inseguras, etc. Muchos de nuestros comportamientos se encuentran motivados por estas diferencias y por las dinámicas de nuestra sociedad que se basan en ellas, las oportunidades, los servicios, las políticas públicas, las estructuras familiares, en todos estos espacios se reproducen las diferencias entre los géneros, y es así como aprendemos sobre estas diferencias y nos convertimos en replicadores de ellas, perpetuándolas por generaciones.
En el ejercicio psicoterapéutico estos “lentes” son indispensables para poder comprender la problemática de una personas en un contexto amplio y con una postura empática. Cuando integramos esta visión en la atención profesional logramos identificar como algunos conflictos en las relaciones como miedos, inseguridades o algunos padecimientos del estado de ánimo, se gestaron, intensificaron o reforzaron a partir de ciertas imposiciones asociadas a las creencias sobre los roles de género.
Muchas veces sentimos que no somos capaces de tomar algunas decisiones, que no podemos cambiar una situación o no podemos avanzar, y no, no es falta de capacidad, como seguramente lo has pensados muchas veces. Las imposiciones siempre terminan siendo un lastre pesado que no nos permite avanzar a nuestro ritmo. La noticia alentadora es que es posible transformar estas y otras creencias. Es un proceso y toma su tiempo, pero el primer paso es comenzar.

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